columnas
1. Un amigo me preguntó, después de opípara cena “¿en serio crees que nos vamos a acabar el mundo?”. “¿Nosotros tres?”, pregunté revisándonos y constatando que si bien podíamos ser necios y aburridos como buenos cuarentones, de ninguna manera representábamos una amenaza para nuestro planeta. “No, la humanidad, Stephen Hawking ya advirtió que vayamos buscando a dónde llevarnos nuestras chivas, porque este planeta no resiste 300 años más”, afirmó genuinamente alarmado y, seguro, viéndose a sí mismo en el futuro construyéndose un jacal en su parcelita marciana. No es la clase de cosas que uno quiere escuchar mientras digiere un delicioso filete de robalo. Pero de que lo pone a uno a pensar, pues cómo no.
2. Don Stephen posee, se sabe, una de las mentes más preclaras, lúcidas y brillantes de nuestro tiempo. Encerrado en un cuerpo que se amotinó y se negó a funcionar como debiera, desarrolló un espíritu punk que lo empuja a decir cosas que van de lo revolucionario (o meramente revoltoso), a lo blasfemo. Cosas, estoy seguro, muy bien pensadas. Hace unas semanas declaró que Dios no tuvo que ver en la formación del universo. Qué bueno que no lo leyó don Juan Sandoval, siempre presto, desde la ignorancia y la soberbia, a echarse un pleitecito con quien se ponga de modo. Y bueno, hojeo el periódico, o más bien, muevo el cursor revisando las noticias, y no puedo dejar de preguntarme: ¿nos firman por lo menos los 300 años?
3. Sobra agua en muchas partes. El secretario general de la ONU recorre Pakistán y declara que con sus 20 millones de damnificados es la mayor tragedia que ha visto. Digo, viniendo de alguien que recién estuvo en Haití, que es un desastre y luego les tiembla, resulta sobrecogedor el juicio. Por acá, cuando no es Tabasco, es Veracruz, o los dos, los que se ahogan por las lluvias. Puentes por todas partes colapsan. Toda esa agua que sobra y destruye en varias partes del mundo, falta en otras. Sequía e incendios voraces sofocaron la capital rusa, por mencionar un ejemplo. El agua y el fuego arrasaron campos y echaron a perder sembradíos. Las magras cosechas obligaron a ciertos gobiernos, como el ruso, a disminuir o de plano vetar la exportaciones, lo cual genera escasez, carestía y, por lo consiguiente, hambruna. Más y más hambruna. Eso sí, la FAO ya tuvo la decencia de aclararnos que el hambre bajó por primera vez en quince años, pero que aún es inaceptable. Me pregunto, ¿hay un nivel que pudiera calificarse de aceptable? Me respondo que no, pero bueno, los expertos son ellos. Digámosle si se puede a los cientos, a los miles de millones que sobreviven (es un decir) con el equivalente a uno o dos dólares al día. A todos los que lo único que pueden hacer para mejorar las estadísticas contra la hambruna es morirse. Un hambriento menos, ahí la llevamos.
4. En medio de tantos Apocalipsis que pueblan mi mente veo a Rafa Nadal convertirse en leyenda. Es un huracán que avasalla rivales pero que llena, para los que amamos el tenis, de belleza y frescura las canchas. Un monstruo que amenaza a los más grandes. Y me acuerdo que el otro día manejaba el auto con mi hijo de cuatro años a un lado. Pensé que tenía sueño por lo serio y callado, pero sólo veía sereno por la ventana. De pronto sentenció: “Qué bonito día”. Así, sin más. Y volví a pensar en aquello de los 300 años. No es mucho lo que pudiera hacer para procurar que ese plazo se alargue. Pero si lo hiciéramos todos, quien sabe. Conociendo al ser humano, parece difícil que nos pongamos de acuerdo. Sólo queda, pues, abocarnos, cada uno, a vivir la vida sin joder las de otros. Honestamente, no es tan complicado. Y, claro, enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo con la esperanza de que ellos lo hagan con los suyos. Así, quién sabe, procurar que don Stephen, admiradísimo y respetadísimo (escrito sin ironía alguna), se equivoque. A ver.





