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Florentino Pérez se eligió presidente porque decidió gastarse 300 millones de euros con un solo objetivo deportivo real en mente: ser más que el mejor Barcelona de la historia. Y es que sí, aunque parezca blasfemo, esta escuadra azulgrana es más letal, espectacular y eficiente que las de Cruyff (aquella en la que jugó y aquella que entrenó). A siete partidos del final de temporada el proyecto madridista roza ya el fracaso absoluto. Fuera de la Champions y de la copa doméstica, sólo queda luchar por la liga. Además soportarán, como espectadores, unas semifinales europeas a cual más de agraviantes. En la Champions sobreviven dos equipos conducidos por jugadores despreciados por Florentino. Sneijder y Robben, desterrados del paraíso antes de la temporada, anhelan gritar un gol en el estadio que les fue vedado por la calculadora del presidente. Los otros dos que aspiran a jugar la final en la catedral blanca son el Olympique de Lyon, que los echó fuera, y el siempre odiado y hoy envidiado Barcelona. Por si fuera poco, en la Europa League, el hermano menor de la glamorosa Champions, pueden llegar a la final el otro rival histórico, el hasta hace unas semanas casi desahuciado Atlético de Madrid y el Hamburgo, con quienes no existe un encono especial, pero que así vería cumplido el sueño de jugar una final continental en su estadio, mismo sueño al que aspiraba el Madrid y que le fue dinamitado en octavos. Además el Atlético está instalado en la final de copa. Queda, repito, la liga y ya está en ella nuevamente por debajo, tres puntos, del archirrival. Tras 180 minutos enfrentándolos, fueron incapaces Ronaldo, Benzema, Kaka, Higuaín y Raúl de hacerles un gol. Ni uno solo mísero. El trabuco armado a golpes de cartera se estrelló contra la maquinaria de ensueño diseñada por un culto e inteligente dictador. De imaginación febril y obsesiva, Guardiola parece siempre estar gozosamente consciente del Frankenstein hermoso que le tocó construir y dirigir. Maneja los hilos con la audacia y el tino de los predestinados. En ninguno de los dos partidos contra el Barcelona fue, el Real, claramente superado, pero paradójicamente siempre estuvo lejos, a años luz de superar al rival. No es poco resistir a lo que el Real ha resistido a este Barça, en los juegos y en la liga. Es una apisonadora que marea y tritura. No fue así con el Madrid, pero nunca peligró. Los merengues son un proyecto de equipo dirigidos por un buen entrenador, que además es buena persona, pero a quien parece quedarle grande el paquete de competir con el Barcelona de Guardiola y Messi. Volvió a cometer errores terribles. Preferir al voluntarioso pero poco iluminado Marcelo para no dejar que Guti, uno de los pocos magos que habitan su plantilla jugara de inicio el que sería su último derby no tiene perdón. El rubio mediocampista demostró en cinco minutos que la historia pudo ser diferente si él hubiera entrado antes de que perdieran por dos goles. Tocó cuatro o cinco pelotas que volvieron a hacernos preguntar que habría sido de su historia si su sorprendente talento y su perenne indolencia no fueran equivalentes. También erró Pellegrini al preferir aliviar la depresión de Raúl por ya no ser, que la del cuestionado Benzema por no poder ser. El anuncio del alejamiento de Guti al final de la temporada fue, entre otras cosas, un guiño a su capitán. El futuro no tiene cabida para ellos de blanco. Raúl entra a ratos pero ya no juega ni anota. No hay argumento táctico que explique su ingreso. No es un estorbo pero no está lejos de serlo. Si el Madrid logra cuajar un equipo que funcione como tal será sin su concurso. Es la dura realidad. Ignorarla y postergar la decisión tornará más lastimera e insostenible su permanencia. Asumirlo y actuar en consecuencia sería un homenaje a su inigualable trayectoria. El Bernabeu no soportó el flagelo de un 2-6 en contra, pero comprobó con dolor pero sin sorpresa que quebrar al Barcelona perfecto es, de momento, un sueño en construcción. Tan solo eso.






