columnas

OCIO | La guía para vivir la ciudad
Código del impreso: 67403c
Don Vicente, las Chivas
 

1. Es muy difícil estar de acuerdo con Vicente Fox. Se siente raro, al menos. No se le deja de agradecer el detalle de haber logrado apartar de la presidencia (que no del poder, como ha quedado claro tras diez años) al vetusto PRI. Pero desde su aparición en la palestra política de altos vuelos invitaba a la desconfianza, por el tono barato, populista de su discurso, por la aridez intelectual, por su procedencia empresarial, por su bandera partidista, conservadora en todo sentido. Por muchas cosas, pues. En su momento sostuve que a pesar de los pesares, comprobables durante su sexenio, lucía como celebrable que el pueblo mexicano, acostumbrado a recibir, durante 70 años, puñaladas por la espalda, ejerciera el voto y demostrara que estaba listo para licenciarse en el arte del harakiri. Fox disfrutó tanto ser candidato que durante su mandato nunca dejó de estar en campaña. Gobernó para pocos (sus hijastros, por ejemplo) y desperdició la oportunidad de habilitar cambios realmente revolucionarios. Prefirió seguir siendo popular a atreverse a ser eficiente. Sin embargo, a cuatro años de dejar los pinos, fijó dos posiciones que lo enfrentan con su sucesor. Alguien, por cierto, a quien no deseaba en esa posición. En efecto, el ejército debe abandonar las calles en las ciudades donde ha pretendido sustituir a las policías locales y federales. Los números de víctimas, el grado de violencia alcanzado, certifican un fracaso que hasta don Vicente, tan convenientemente ciego para ver muchas cosas, como las trapacerías de sus parientes y allegados, puede ver. Pero es la otra posición adoptada la que sorprende. Es innegable que la única forma de atenuar la violencia enarbolada por los cárteles de la droga, es haciendo que lo que hacen no sea tan buen negocio. Sólo hay una forma de lograrlo: legalizando el consumo de lo que venden. Tan sencillo y, sí, tan complejo a la vez. Cultural, socialmente, estamos acostumbrados a prohibir su consumo y a perseguir a quien lo ejerce, y a quien lo posibilita. Es una visión añeja, enraizada, obsoleta de la problemática. Desafortunadamente no se avizora en el futuro medianamente cercano que llegue al poder alguien con la altura de miras, las agallas para instrumentar tal decisión. Calderón no lo es, a la vista de lo que respondió personalmente. Es posible que lo de don Vicente, el botudo que ganó unas elecciones sin animarse a ser presidente, sea tan sólo para azuzar a su sucesor, para dar la contra y tan sólo generar una polémica que seguramente ha de beneficiarle. Pero de que metió el dedo en una llaga supurante y a la que urge meterle todos los dedos, no cabe duda. A ver.

2. Se le acumulan los hechos históricos a los Chivas. Se nos acumulan, pues. A la inauguración de una nueva casa, con instalaciones de primer mundo, pero ingresos de cuarto, se le agrega la posibilidad de jugar los dos partidos más importantes de su historia. Ni más ni menos. Llama la atención que su afición, numerosa a más no poder, no parece otorgarle esa dimensión a lo que están por vivir. La final, tras una ligera polémica causada por los reparos de los brasileños a jugar en el pasto sintético del nuevo estadio, será precisamente ahí. Si lo planea Jorge Vergara, no le saldría mejor. El primer partido oficial de su equipo, será la final de la Copa Libertadores. Hay que gozarlo. Detrás quedan las promesas de inaugurar el coso hace cuatro años, los reiterados retrasos, la cara de don Alex Ferguson en pleno periférico, en un trayecto eterno, como pensando "que lejos está esto de Manchester", los desvaríos y las bravuconadas habituales del señor Vergara, que muy poco o nada sabe de futbol pero que es buenísimo para dinamitar la sintaxis. Dejemos detrás todo ello, insisto. Esto, finalmente, se trata de jugar futbol. Y el Guadalajara lo juega poblado de jóvenes hechos en casa. Enfrente estará un equipo brasileño, temible como todos lo de por allá. Acá los esperan los once de la tribu más querida. Esto sale publicado hasta el viernes. Para entonces ya se habrá solventado la mitad de esa cita con la historia que nos marcará. Que nos dure la sonrisa hasta el miércoles en Porto Alegre. Y mucho tiempo más.

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