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OCIO | La guía para vivir la ciudad
Código del impreso: 67135
Los Arcos, un decenio después
 

Volví al restaurante Los Arcos de Lázaro Cárdenas y San Ignacio y, naturalmente, lo encontré cambiado, pues pasaron diez años para que volviera, pero la calidad y cantidad de los alimentos sigue igual, así como los precios que siguen asequibles y se antojan hasta baratos cuando se les compara con los de otros restaurantes similares.

¿Restaurantes similares? Una vez puesta, la frase no me cuadra, porque los establecimientos que existen en esta Perla podrán dedicarse también a vender pescados y mariscos de una u otra manera, pero según yo están muy cerca de las ostionerías, y Los Arcos está muy lejos de parecer una ostionería.

Hay varios elementos que separan a Los Arcos de una ostionería. El lugar está limpísimo y no se advierte un olor particular ni siquiera de peladuras de mariscos o conchas viejas de ostiones; no huele a desecho alguno. El piso está libre de basuras y seco, cosa por demás importante para alguien, que como yo, usa bastón que podría resbalarse si el piso estuviera mojado o sucio.

La limpieza de todo el lugar es impresionante; los meseros uniformados de blanco, bien entrenados en sus labores que realizan con presteza y conocimientos del oficio. Sólo noté, por lo menos en mi lugar, una quemadura de cigarro en mi mantel. Eso sí, el mantel, verde brillante, estaba lavado y planchado, incluyendo la quemadura.

La primera vez que fui, la profusa decoración del local me cogió desprevenido; luego, parece que me acostumbré; la semana pasada, diez años después, observé que gran parte de los objetos que colgaban del techo habían desaparecido, con lo que destacaban más las mesas vestidas de diferentes colores y las cómodas sillas, firmes y livianas, también de colores fuertes y definidos.

Otra cosa que deseo mencionar es la distancia que existe entre mesa y mesa, lo que hace que haya movimientos de personas con mayor libertad. Para terminar una rosa roja de largo tallo y sin espinas, le fue obsequiada a Mercedes mi esposa, una galantería debidamente apreciada.

Todo lo anterior no es sino secundario a la calidad de la comida, a la frescura de los productos del mar que allí confeccionan. Comenzamos con unos Chiles Caribe ($85), seis hermosos chiles, poco picosos para mi estragado paladar, rellenos de marlin, capeados primorosamente y fritos, con el exceso de grasa bien enjugado. El marlin cocinado a la perfección, como suelen hacerlo los sinaloenses.

Mercedes pidió los camarones cubiertos de coco rallado ($147) y fritos, servidos con un cuenquito de salsa agridulce al estilo chino y un timbalito de un excelente arroz blanco. Los camarones medianos y frescos, limpios de su caparazón, abiertos por mitad y en cantidad suficiente para saciar un apetito normal.

Por mi cuenta, pedí un coctel doble de camarones ($131), que me permite apreciar lo que un restaurante de productos del mar ofrece ya que, según yo, la confección ofrece muchas oportunidades para lucirse como la cantidad y tamaño de los camarones y el sabor de la salsa. Esta ocasión, quedé debidamente impresionado por mi coctel, tanto que juzgo difícil que llegue a pedir otra cosa.

Sin embargo, Los Arcos no se apoya exclusivamente en la calidad de sus cocteles, como lo demostró brillantemente lo que pidió mi cuñado Javier (que nos invitó): una lonja de pescado, cubierta de un mojo, con camarones y pulpo ($279).

El restaurante Los Arcos está siempre a reventar, por lo que le sugiero que averigüe antes, si hay lugar llamando al 3122-3720.

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