cronicas
La noche del viernes 5 de marzo fue de Whitest Boy Alive, en su segunda ocasión en nuestra ciudad como agrupación principal, como viejo amigo que vuelve de visita para recuperar la conversación
La concurrencia para el concierto de Whitest Boy Alive, de anoche, fue quizá más de lo que esperaban sus organizadores. Pues aunque los boletos se agotaron desde el jueves, nadie creyó que la fila para entrar a Lydo’s Show (recinto donde se llevó a cabo) llegaría hasta un par de cuadras del lugar. Incluso, un mini súper tuvo que tomar sus providencias para evitar un saqueo parecido a aquellos que sufren otras sucursales, por ejemplo, cuando los fanáticos del balompié celebran la victoria del equipo local/nacional a los pies de La Minerva. Si bien el boleto decía que la cita era a las 21:00 horas, no fue hasta las 22:00 cuando las puertas se abrieron y el lento, pero constante, peregrinaje de asistentes abarrotó el espacio. Entre la planta alta (reservado para aquellos que consumieran botella o cubetas de cerveza –que en proporción eran más caras comprar, que una sola botella de Tecate Light–) y el espacio para quien quisiera sentirse como en foro abierto, de pie, luchando para que los recién llegados no se colaran hasta el frente, parecía que no habría lugar suficiente para todos. Unos minutos antes de las 23:00 horas llegaron los Technicolor Fabrics, banda local que, además de estar involucrada en la organización de este evento, promociona su segundo disco Run... the sun is burning all your hopes. Technicolor tuvo su tajada de seguidores, quienes corearon sus canciones (que interpretaron durante 40 minutos, más o menos), respondieron a los alientos de su vocalista, y hasta echaron porras a Abraham, baterista de la agrupación tapatía, hasta que se despidieron y cedieron el espacio a Erlend Oye y compañía.
Al filo de la media noche (todavía algunas personas ingresaban a Lydo’s), Whitest Boy Alive se apoderó del escenario, y después de ser recibidos con aplausos y gritos entusiastas, Erlend saludó con un “we’ve missed you” (los extrañamos), rememorando a su actuación en el F-Bolko, hace un par de años –además del MXBeat del año anterior— y principiaron con “Keep a secret”. Desde ese momento, los cuatro miembros del grupo se mostraron entusiastas, emocionados y cercanos a la gente, mediante bailes, el exhorto para acompañar con palmas y coros cada una de sus canciones, y una energía que no se espera, sobre todo, de un joven flacucho, pelirrojo, con gruesos espejuelos, camisa de vestir y pantalones entubados.
Para quien no los hubiera escuchado antes, sin presenciar el espectáculo de anoche, no sería más que otro geek camino a la tienda de cómics, o a su trabajo como programador. Sin embargo, como director de orquesta, el líder del ensamble alemán dirigió algunos de los puntos más llamativos de su presentación, como las notas de “Around the world” de Daft Punk, a mitad de “Golden cage”, una de las más aplaudidas.
Otro integrante notable fue el tecladista Daniel Nentwig, todo un showman, que además de una interpretación eléctrica, ofreció malabarismos, como tocar con los pies (y zapatos puestos), pararse encima de uno de sus teclados para animar al respetable o tomar el modelo vintage, más pequeño que el otro, para tocarlo mientras bailaba, cual teclado de un acordeón que levantó al final de la canción “Fireworks”, como quien muestra la presa domada. Por cierto, incluyeron entonces un extracto de “Wicked game”, de Chris Isaak, quien muchos cantaron con gusto. Por cierto, el teclado no volvió a funcionar por el resto de la noche.
Sebastian, el baterista, desde su llano, negaba con una gran sonrisa las baquetas a los que, hasta el frente, lo llamaban por su nombre. Aun así, un par de groupies se llevaron dos de estas herramientas y algunas botellas de agua que se habían dispuesto alrededor de su instrumento. Pero ese no fue el único saqueo. Después del encore, a punto de terminar la última canción, que fue una versión whitest al clásico de Robyn, “Show me love” que transportó a la mayoría de la concurrencia a sus tardeadas en la secundaria, Erlend se despojó de guitarra y lentes para surfear la multitud, como debe hacerse en todo concierto. Regresó al escenario con una enorme sonrisa, eso sí, aunque sin zapato ni calcetín derecho. El primero fue devuelto al instante, sin embargo, del calcetín no hubo informe confirmado.
Subieron a gente al escenario (ante los nervios del equipo de seguridad), el tecladista se tomó fotos con integrantes y fanáticos, dramatizaron canciones, bailaron, estrecharon manos, pidieron palmas, voces y fiesta. Todo lo tuvieron. A cambio, entregaron un espectáculo sencillo pero comprometido, al mismo nivel de la emoción de la gente, que hasta del mal servicio del antro se olvidaron.
Suertudos sin aviso
El evento sucedió de pronto, sin avisar a nadie. Y es que ni siquiera se trató de un asunto para las masas. Al contrario, era una visita, como cualquier otra, que se convirtió en un suceso especial para los afortunados que no sospechaban que Whitest Boy Alive irían en plan de comensales al bar Primer Piso, ubicado en la esquina de Escorza y Pedro Moreno. Alrededor de las 23:00 horas de este sábado 6, quien caminó debajo de los ventanales del lugar, pudo escuchar una voz femenina que interpretaba una canción de la banda que tocó el viernes anterior ante un lleno absoluto. Cualquiera hubiera pensado que se trataba de una consecuencia del barullo que provocó su más reciente presentación en la ciudad, pero cuando a las letras de “Burning” se le sumó una voz sospechosamente parecida a Erlend Oye, no quedó duda: el cuarteto se coló entre la clientela regular de ese espacio para conocer un aspecto de la vida nocturna tapatía. Guiados por Abraham López, uno de los encargados de la organización de la serie de conciertos que Whitest Boy Alive tendrá en nuestro país, y también baterista de Technicolor Fabrics (telonero en esta gira), llegaron a Primer Piso como quien más, aunque entusiasmados por la ejecución de la banda en vivo (Jerry Foster), se aventaron un palomazo para los inadvertidos parroquianos, compartiendo el escenario con Jerry Foster, y luego sólo con los instrumentos del ensamble local. Polo, baterista del grupo, nos contó que el cuarteto noruego fue a Anita Li antes de su concierto del 5 de marzo (restaurante donde Jerry Foster toca cada fin de semana). Después de escucharlos, los músicos intercambiaron impresiones y prometieron asistir a su compromiso en el café-bar que se encuentra frente a los hot dogs de El Chino, promesa que cumplieron. Para quien no tuvo la oportunidad de apreciarlos en el concierto de Lydo’s, no sólo escucharon un par de tracks cortesía de la casa (hasta su versión de “Show me love”, de la cantante danesa Robyn, que también ejecutaron el viernes, tuvo su toque especial: Daniel, el tecladista, la tocó con la marimba de Jerry Foster), sino que hasta oportunidad de platicar con ellos tuvo. Si bien lucían cansados (se rumora que llegaron a las 11:00 am del sábado a sus respectivos cuartos de hotel), no le hicieron el feo a nadie y, según contó Abraham, hasta a la Plaza de los Mariachis los llevaron a conocer.
Después de su corta estadía en el bar, se retiraron a seguir la fiesta en el Café de Liz, y, se dijo, tenían planeado asistir a la vía recreativa del domingo siguiente. Qué buena agenda.



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