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René Franco, titular del primer Late night show de la pantalla mexicana, parece haber rebasado el límite entre la ironía y la grosería, la audacia y la vulgaridad en un programa en el que cada vez es más común verle interrumpir o saturar a sus invitados
Es de noche y ¡ya llegué!
Miércoles 22:30 h
Unicable
Domingos 22:00 h
Galavisión
Los años y el rating cambian a las personas y a los programas, para bien y para mal. Cuando el programa Es de noche y ¡ya llegué!, comenzó transmisiones hacia mediados de 2005, su titular René Franco y su equipo dieron un paso contundente en la televisión mexicana: demostrar que el formato Late night show podía consolidarse, tras varios antecedentes que tuvieron lugar entre los setenta y ochenta con personajes como Paco Malgesto, Manuel el Loco Valdés, Raúl Velasco y hasta Jorge Ortiz de Pinedo, Verónica Castro, Víctor Trujillo y Anabel Ferreira, entre otros.
Franco, hombre de medios que ha brillado como columnista en periódicos y revistas, además de su desarrollo en televisoras como TV Azteca y actualmente Televisa, posee especial talento para las entrevistas y el humor irónico que se puede expresar lo mismo en una conversación en vivo, como en un breve monólogo y hasta un envío a corte comercial.
En menos de un año al aire, no sólo se transmitía a través de la señal Unicable, sino también por Galavisión, disponible en todo el país gracias a la televisión abierta. ¿La razón?, su estilo único a la hora de las entrevistas, en las que podía arrancarle las mejores anécdotas a los personajes más duros o a las estrellas que otros subestiman por no ser los protagonistas de telenovelas o películas.
Abundó la información ociosa, sin embargo, lo suficientemente divertida para mantener al espectador cautivo, cómodo y atento al curso del show en el que también surgieron secciones irreverentes como presuntos mensajes subliminales en algunas canciones pop, chistes sobre los resbalones de la semana en el mundo del espectáculo, así como momentos de variedades musicales con una regla que a la fecha se agradece: nadie hace playback, todo es en vivo.
Sin embargo, en meses recientes Franco parece haber olvidado el peso de los invitados, la delgada línea entre la ironía y la grosería. Cada vez es más común que algunas de sus entrevistas le presenten hiriente o en ocasiones simplemente vulgar, como la ocasión en la que le comentó a los galanes de TV Gabriel Soto y William Levy si era cierto aquello de que los galanes suelen ser idiotas o “Ustedes parecen tener todo perfecto, ¿alguno de los dos la tiene chiquita?, vamos, algo tienen que tener mal” o la reciente visita de la periodista Claudia de Icaza, autora de polémicos libros sobre el mundo del espectáculo, a quien acorraló preguntando “¿Dónde trabajas, dónde escribes?, nadie sabe a qué te dedicas si no estás en ningún medio…”.
Franco ya cometió el pecado de sentir que el público ve el programa para ver cómo hace y deshace a los invitados. Grave error. Ahora corre más riesgos: agotarse al sentarse en su marca, enfadar a buena parte de sus seguidores y… desparecer, cualquier día de éstos.



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