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OCIO | La guía para vivir la ciudad
Queridos espacios
 

En todos estos años cerca del teatro, hay dos espacios que se convirtieron en mis consentidos. Antes de mencionarlos, he de decir que aprecio mucho los esfuerzos porque el Experimental, el Estudio Diana, el Torres Bodet y hasta los auditorios de las casas de la cultura de Zapopan y Guadalajara por ofrecer de cuando en cuando buen teatro.

 

El más histórico

Bueno, mis consentidos más bien son por cariño hacia las personas. El primero es La Casa de Teatro El Caminante, un proyecto muy personal de don Héctor Monteón, en el que he tenido varios gustos. Uno, por supuesto, haberlo visto actuar en su estupendo monólogo El diario de un loco. Un delicia, de los mejores trabajos locales cien por ciento, en el que no tuvo que venir el director de no sé dónde, ni el escenógrafo de no sé quién, ni nada de eso. Es un trabajo, podemos decir, familiar, pues lo dirige su hermano Humberto, y la interesante escenografía, simple y precisa, es de nuestro querido José Luis Moreno (q.e.d.). En fin, me da gusto haber visto el mejor trabajo, a mi juicio, de don Héctor en su propia casa.

Otro bonito recuerdo que tengo de El Caminante es que ¡ahí actúe! ;) (sic, es una carita cerrando el ojo). Sí, mi amigo Ricardo Delgadillo me hizo favor de invitarme al Rugido de la Jirafa, un par de noches, para improvisar un divertido cuadrito que volteaba los papeles del hombre y la mujer, al lado de Paulino Partida. Fueron sólo dos funciones, pero ah qué caray, ya con eso puedo decir que actué.

La tercera anécdota que tengo es que, también con Ricardo Delgadillo, sus actores pusieron mi obrita Quítate ese pantalón, dentro del espectáculo De amor y contra ellos. Fue mi debut como dramaturga en escena.

 

El que empieza

El otro espacio al que le tengo harto cariño y respeto, es La Casa Suspendida. Aquí no me he parado a actuar, ni han puesto obra mía alguna, me gusta porque es pequeño, bonito, bien decorado y acondicionado, también muy familiar porque la Sara Isabel Quintero regentea a sus hijos en la cafetería, y bueno, da gusto que pese a los gritos y sombrerazos que la Quintero ha tenido que soltar, peleándose con las autoridades para los permisos, no claudica en sus intentos por ofrecer un teatro de cámara, íntimo, personal, acorde con las necesidades de los espectadores que buscan la cercanía con el actor.

 

Gracias a los dos

Ojalá nunca declinen, ojalá las adversidades de nuestros tiempos, la influenza, el dengue, las piedritas en el zapato que ponen las autoridades, la apatía de ciertos sectores del público; en fin, que nada, nada, los haga cerrar, pues los necesitamos, más que nunca. El arte es la tabla de salvación del ser humano en tiempos de crisis, es lo que nos rescata, lo que nos da valor, lo que nos reconforta. Viva el teatro para que viva la vida.

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