cronicas
La primera función de Ternura suite se llenó, y ante la mirada atónita de los asistentes, la obra demostró ser desconcertante
Ternura suite
De Edgar Chías. Dirección: Richard Viqueira.
27 y 28 de abril, 20:30 h. 29 de abril, 18:00 h.
TEATRO EXPERIMENTAL DE JALISCO.
Calzada Independencia s/n, Núcleo Agua Azul. T/3619-1176.
Boletos: $120 general; $100 estudiantes, maestros, adultos mayores, Al Teatro en Bici, Escuela del Espectador y trabajadores universitarios.
Sólo adultos. No apta para musofóbicos, claustrofóbicos e hipertensos.
Lo primero que se leyó en la puerta de vidrio del teatro Experimental era que los boletos para las tres funciones de Ternura suite, obra que nos visita desde el DF, ya estaban agotados. Así que por desgracia tal vez no tenga oportunidad de verla, a menos que alguien se arrepienta a último minuto y prefiera evitar la tensión e incomodidad de ser, además de público, una suerte de testigo. Y es que la advertencia que acompaña a la sinopsis de la puesta (“No apta para claustrofóbico, musofóbicos o hipertensos”) tiene conocimiento de causa. Pero más allá del morbo, lo que tiene esta obra de interesante, es la forma en que las emociones se disparan desde los actores a la gente que los observa.
En esta ocasión, el Experimental, que en otras funciones ya había llevado a la gente sobre el escenario, según la propuesta en turno, dirigió al respetable al sótano, justo debajo de las tablas, para que se acomodara en unas bancas. Antes de bajar las escaleras, se pudo ver a Beatriz Luna, la actriz, vestida con una gabardina amarilla y medias negras, de pie y seria. Abajo, Emmanuel Morales estaba en cuclillas haciendo ruidos guturales mientras cada quien ocupaba su lugar. Al estar ahí abajo, entre muros pelados y los fierros del mecanismo que hacen girar al escenario allá arriba, la luz entraba por las trampas del suelo y daba un ambiente interesante mientras los tacones de Luna retumbaban sobre las cabezas de la gente y Morales la seguía desde la cloaca.
Entonces, la mujer bajó y los dos personajes se encontraron en el mismo sitio con la canción “Me cago en el amor” de Tonino Carotone desde una vieja grabadora. Él, de quien nunca se sabe su verdadero nombre, es un intruso que irrumpe en la casa de ella, Clara, antes de que se disponga a salir una noche. La tensión entre ambos va hacia arriba y abajo, pues ante la sorpresa de un desconocido en su territorio, el hombre irá de amable a amenazante, según el miedo se apodere de su posible víctima. Durante la trama, la gente, a escasos metros de los actores, verán cómo Clara es golpeada, violada y humillada por ese que sabe que no hay nadie cerca para ayudarla hasta que, como debe pasar, los papeles se invierten. Ella tendrá el control en la segunda parte y la oportunidad de hacerle lo mismo se le servirá en bandeja de plata, ante la mirada atónita de la gente que, en más de una ocasión, sintió una gota de sudor de Morales caerle en el rostro.
Me atrevo a hacer una comparación para que usted se de una idea del tono de Ternura suite. ¿Ha visto Funny games, de Michael Haneke? ¿Esa historia en la que dos adolescentes vestidos de blanco inmaculado aterrorizan una familia en su casa de verano, aparentemente sólo por la diversión de la tortura? Hay ciertos elementos que ambos textos comparten, aunque los desenlaces son disímiles y ahí se terminan las coincidencias. Sin embargo, el uso de la violencia y las escenas explícitas, si bien son un tanto perturbadoras, se quedan bien grabadas en la memoria del público, el cual, con todo y que no atinó a aplaudir al finalizar la puesta, no abandonó el espacio en ningún momento.
Ciertamente, Ternura suite no es para los de carácter sensible, pero tampoco es una sobreexplotación de lo controvertido por puro deporte. Es una lástima que los boletos se hayan agotado, pues desde el atinado manejo de las luces (la escenografía de la producción, pues no hay más que un sillón que apenas se utiliza) hasta la catarsis que dejó a varios indecisos (¿fue bueno o malo?, ¿habría actuado igual alguno de los observadores? Clara, en un momento dice “Esto no es un delito; es justicia”), es una historia que no sólo nos habla de la venganza, sino de las justificaciones para cometerla.




