cronicas
Sólo tres personas en el escenario fueron suficientes para contar una historia con ocho personajes, más uno al que también el público le dio vida
Niñas de la guerra
18 de agosto de 2012
TEATRO GUADALAJARA DEL IMSS
El estreno del primer proyecto de Pies en Movimiento fue uno con función doble, debido, sobre todo, a la cortísima temporada que tiene en el teatro para presentar Niñas de la guerra. Y habrá sido la amenaza de lluvia, pero los asistentes a la función de las 18:00 horas fueron pocos, apenas los suficientes para llenar las butacas del centro y el frente. Con canciones de Luis María Pescetti para amenizar en lo que se daba la tercera llamada, los padres llegaron con sus hijos y tuvieron oportunidad de acomodarse a su antojo justo cuando la obra comenzaba. El primero en tomar su lugar en el escenario fue Héctor Aguilar, quien se acomodó en su estación de música, un sitio nada ortodoxo, pues gracias a cajas de madera, campanas, cuerdas tensas entre las tablas y hasta muñecos de hule que chillan al expulsarles el aire, las percusiones dominaron un momento, hasta que entró Meztli Robles huyendo de un peligro inminente, a juzgar por la prisa de su carrera que siguió el ritmo de Aguilar.
Entonces conocimos a Luisa (Paloma Domínguez), una niña que vive en el pueblo de Nopasanada, a donde el personaje de Meztli llega para refugiarse de la guerra de su país. Antes de hablar si quiera, Luisa hizo el ritual del lavado de ropa y enseñó al público cómo unos cuantos palos de madera, algunas cajas y mecates son suficientes para convertir el escenario en distintos espacios para que la narrativa fluya.
La falta de diálogo de los primeros minutos, que no confunden mucho más que sólo a los niños menos pacientes, se compensa cuando Paloma se descubre como la responsable de siete personajes que se materializan gracias a las prendas que usan, colgadas de ganchos, y que la joven actriz toma en sus manos para cambiar de postura, voz y ademanes. Ese es el pueblo en el que vive Luisa y que se siente amenazado con la presencia de Vera (Robles), una niña que no habla su idioma y no viste como ellos.
Las palabras de Vera, usted notará cuando vea la obra, son extrañas para sus interlocutores, pero no para todos los pequeños desde las butacas, pues desde el principio adivinan con facilidad qué les está diciendo antes de que Paloma traduzca para que no quede duda. Cabe mencionar que las habilidades histriónicas de Domínguez, quien también es productora de esta puesta, se aprecian mejor cuando se transforma en cualquiera de las siete personalidades a su cargo, no tanto al comienzo de la historia, al estar en silencio. Es decir, brilla más como narradora. Meztli, por otro lado, más experimentada, no le cuesta nada hacer sólo con su rostro la más elocuente de las reacciones.
Niñas de la guerra toca el tema de la violencia, aspecto al que no somos ajenos, y de la aceptación de lo distinto. Sobre las tablas, no sólo Héctor Aguilar debió encargarse de la música, sino también las dos actrices, quienes en sus papeles de niñas sin prejuicios, intentan demostrar que es sencillo romper la barrera del temor a lo desconocido. Incluso, el público fue incluido en la música, uno de los grandes aciertos de la puesta y también gran protagonista de la obra.
Le recomendamos que no se pierda el último fin de semana de funciones de Niñas de la guerra, sábados a las 16:00 y 18:00, domingos 13:00 y 16:00 horas. Ojo: es para mayores de seis años, así que si no cree que su pequeñín no aguantará la hora en su asiento, tenga consideración por los que sí.







