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OCIO | La guía para vivir la ciudad
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Una prosa de lluvia
 

A mi edad, la lluvia inesperada es… uy, me pesa decirlo, pero a ratos es un fastidio, porque vive uno tremendamente ocupado. Fue la adicción a la cafeína la que me hizo tomar el paraguas, abandonar el cubículo, caminar por los pasillos del campus y de pronto no pensé más en la larga lista de pendientes que me traía tan agobiada. Escuché, el sonido rítmico de las gotas. Miré, los árboles sí, pero sobre todo las escenas de los alumnos. La lluvia es otra a su edad. Recordé mis primerísimos escritos. Abrí los archivos con temor de que el Word no los leyera (yo era de Word-Perfect). Ahí estaba. Efectivamente así llueve a los 20:

“Porque afuera llovía a cántaros. Y porque llovía a cántaros no pude resistir la tentación. Y porque llovía a cántaros abrí la puerta y me salí y me empecé a mojar y me empecé a empapar y una rara alegría tú no sabes cómo me empezó a invadir.

Fui tan feliz que corrí y corrí, como en el mejor de los sueños, hasta que el frío me caló en los huesos. Estando debajo del agua todas las cosas comenzaron a diluirse, a quedarse atrás. Llegué a ese parque. Qué extraño ¿sabes que la ciudad no es la misma cuando está lloviendo? Juro por Dios que aquel lugar nunca lo había visto en la colonia y sin embargo ese día bajo la lluvia yo llegué a él.

Y me senté en una banca. Quería admirar el paisaje, pero las gotas inmensas no siempre lo dejan ver a uno con claridad. Y pensé en ti, ¿te acuerdas? nunca encontramos, por más que quisimos, el jardín ideal dónde pasar los domingos.

Y con los hilos de agua rodando por mi rostro me acordé del tuyo... a veces solíamos no dejar de contemplarnos, del deleite de navegar en el fondo de nuestros ojos, solíamos no dejar de sentir el roce de nuestros labios; yo no me aburría de sentir tu frente, luego tus cejas, luego tu boca, luego el filo de tu barba, ¡luego abrazarte fuerte! 

Y estaba viendo los árboles. Fue un instante divino ¡qué maravillosos colores pueden encontrarse debajo de la lluvia!

Pasaba mucha gente delante de mí y ninguno me vio, unos llevaban una bolsa de plástico encima, otros llevaban paraguas e iban cuidando de no mojar sus zapatos. Todos corrían... nadie me vio, tal vez fue porque ya empezaba a camuflajearme de lluvia.

Seguí ahí, sentada. El agua fría que caía sobre mi cuerpo hacía fluir a la otra, a la tibia que ya me había recorrido. Y caía y caía más agua. ¿Te acuerdas de un día de mayo, calurosísimo, que milagrosamente llovió? Llovió poquito, es cierto, pero fue maravilloso que una llovizna estuviera cayendo en el jardín mientras tú y yo nos consumíamos de amor, de besos, de bochorno. Con este último recordarte lloré. Y caía y caía más llanto. Y cuanto más iba lloviendo, más la lluvia me iba llevando: repentinamente me quedé desnuda, desnuda de alegría, desnuda de cuerpo, desnuda completamente desnuda, hasta de lágrimas y ojos. Me quedé sin nada encima, me quedé vacía, toda yo estaba desparramada en el pasto: me había llevado la lluvia.”

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