cronicas
El quinteto neoyorquino Dream Theater causó vahídos con su energético concierto en Guadalajara. Lo suyo fue pirotecnia técnica y sonidos que se adentraron en las interminables aguas de lo progresivo
La presencia de Dream Theater en Guadalajara dejó mentes hipnotizadas por el bárbaro y constante derroche de virtuosismo. Con un teatro Diana al 95 por ciento de su capacidad (más de dos mil personas), uno de las bandas de rock metal progresivo más alabadas de la actualidad, no ofreció un concierto sino una cátedra de lo que es dominar un instrumento en toda la expresión de la palabra, tanto en el espectro técnico como artístico.
Quizá algunas personas tengan problemas con la etiqueta de “progresivo”, pero DT crea texturas y capas en cada canción, así que no es baladí colgarlo en semejante género. Incluso moldea el sonido para generar atmósferas, dividiendo en secciones sus largas disertaciones sonoras a la usanza clásica de movimientos en sinfonías o sonatas.
Media hora antes de las 21:00 horas, el cuarteto angelino de Bigelf fungió a la perfección como digna banda telonera. Aunque desconocidos para casi la totalidad del público presente, sus orquestaciones sicodélicas y progresivas generaron una impresión positiva en cientos de oídos. Cualquiera de sus cuatro integrantes luce como estancado en el tiempo, tal y como si hubiera sido sacado de un capítulo glorioso de la música de los años sesenta y setenta. Gracias a esa combinación de poderosas guitarras con órganos Hammond y Mellotron, su propuesta es cruza visceral (y alucinante) entre Pink Floyd, Frank Zappa y, ¿por qué no?, el Queen de A Night at The Opera.
Tras un receso de media hora, James LaBrie (voz), John Petrucci (guitarra), Mike Portnoy (batería, percusión), John Myung (bajo) y
Jordan Rudess (teclados), ocuparon sus respectivos lugares sobre el escenario y la locura surgió indómita. O, bueno, una locura contenida porque la mayoría de los fanáticos cantaba y realizaba aspavientos al aire con ambos brazos sin perder la cordura; más que salvajes, los seguidores de DT son pasionales y gustan de observar cada segundo a sus ídolos empuñando sus respectivos instrumentos. Y es que ¿quién no va a ser vouyerista tras observar a John Petrucci hacer esa diabólica técnica de sweep picking (bajando la púa por cada cuerda de arriba abajo a velocidad endiablada) o sus escalas incendiarias que terminan en la región sobreaguda de su instrumento con un sonido como si chillara una hiena?
Para el arranque, DT interpretó los dos primeros cortes de su más reciente disco Black clouds & silver linings (2009): “A nightmare to remember” y “A rite of passage”. Juntas, se comieron más de 25 minutos del concierto y entre un bombardeo de solos de teclado y guitarras, la bienvenida la dio Portnoy desde su batería con un potente: “¡Hola México!” que fue recibido con una gritería de altos decibeles.
De ahí en adelante, DT manejó diversas intensidades a lo largo de poco más de 90 minutos, desde las melosas pero dramáticas “Hollow years” (con James sentado en un banco durante los primeros minutos) y “Voices”, hasta aquellas con denuncia social (como “Sacrificed sons” que toca el espinoso y doloroso tema del 11-S).
En lo que respecta a la pirotecnia de la noche, Jordan se lució en el Continuum de cuatro octavas (especie de teclado sin teclas) y hasta utilizó un iPhone como si fuera un Kaos Pad (procesador de audio que, por medio del tacto, manipula el sonido). Por su parte, Petrucci y Portnoy quitaron el aliento en infinidad de ocasiones, mientras que el bajo de John abotagaba el sonido de la batería con pasajes que semejaban a ráfagas de cañones.
Aunque fueron pocos temas (ni siquiera sobrepasó la docena), DT dejó satisfechos a los miles de tapatíos que, como siempre, están enamorados de su virtuosismo extremo.











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