cronicas

OCIO | La guía para vivir la ciudad
¿Y todos los músicos serán iguales?

El estreno de la comedia de humor negro El saxofonista tuvo una afortunada recepción ante un público que se permitió reírse de la desgracia ajena

 

El saxofonista
23 de abril, 20:30 h.
CENTRO CULTURAL JAIME TORRES BODET.

 

La fila era larga afuera del Torres Bodet para la primera función de la obra de Marco Pérez, actor que muchos conocimos cuando participó en Amores perros (Iñárritu, 2000), y que desde entonces ha tenido una incursión afortunada en el teatro, tanto como director como sobre las tablas; además de en cine y televisión. Mientras el público ingresaba a tomar su lugar en las butacas, personal del teatro se dio cuenta de que pronto tendrían que limitar la venta de boletos, pues en el reducido espacio del teatro no habría sitio para nadie más. Aun así, las butacas se ocuparon todas, y hubo quien acercó una silla plegable para no perderse la noche inaugural de la temporada de El saxofonista.

En el escenario, que no se abrió con telón, había un sillón rojo, un saxofón que descansaba sobre una base y un minibar en el que podían verse botellas de ron, tequila y whisky, un shaker y una martinera, entre otras botellas que se adivinaban detrás de las repisas traslúcidas del servicio. Al fondo, ocultos detrás de las cortinas negras que bloquean la vista de los asistentes al proscenio, se escuchaba la música del ensamble integrado por contrabajo y saxofón, que puso el ambiente antes de que Pérez hiciera acto de presencia.

Comenzó sus líneas presentando la conveniencia de tener ese departamento al que llevaba todas sus conquistas después de un concierto. El ruido del aire acondicionado quería ganarle a la voz del caballero, quien interrumpió el monólogo, tomó un poco de concentración unos segundos hasta que el motor se apagó y comenzó de nuevo. Ahí estaba, un saxofonista que se jactaba de tener una vida sexual tan activa como la deseaba, siempre preparado para cualquier tipo de dama que cayera en sus brazos. La gente soltaba risas al descubrir que aquel era uno de esos patanes que tienen su discurso ensayado para sacarle jugo a cualquier ocasión y que han perfeccionado su técnica para quitarle la ropa a quien se le antoje. El alcohol, según explicó, era una buena forma de tantear el terreno: si ella bebe whisky, le hace conversación “intelectualosa” y luego a la cama; si es ron, entonces bailan una salsa, y a la cama; si pide vino, un poema y a la cama; si es cerveza, unos cacahuates y a la cama; si es tequila, directo a la cama. El hombre es quien está acostumbrado a controlar la situación. Y mientras espera que llegue la chica que destinó como cena para esa noche, la que sirvió de aperitivo se despide y, antes de abandonar el lugar, le recuerda cómo se llama.

Entonces llega Tere, una diminuta belleza de cabello negro y zapatos rojos que se deja seducir con las técnicas del músico. A medida que avanzan las insinuaciones, el saxofonista le sirve tequila, la ronda, halaga su cuerpo y ella se deja seducir, hasta que lo saca un poco de su zona de confort. Luego de aceptarle una fresa adicionada con éxtasis, ella le sugiere que tengan sexo, no en la habitación, sino sobre el sillón rojo. Después de regalarle un vistazo a lo que tiene debajo del vestido, le propone que el toque su instrumento mientras ella se desnuda al ritmo de la música. En lo que el otro corre a su cuarto por condones, Tere se pasea por el lugar y de pronto un dolor de cabeza comienza a molestarla. Antes de que el protagonista regrese al escenario, la otra sufre un desmayo y cae desvanecida detrás de lo que iba a ser la cama para el acto amoroso. El saxofonista tarda un poco en darse cuenta de que su cita no está en el baño, sino inconciente en sobre el suelo. Ahí es cuando las cosas se complican y el hombre cae en el trance del miedo al tener a una joven que no respira en su casa, y hasta le pide a Dios que la reanime a cambio de una vida dedicada de forma exclusiva a su arte, no a conquistar extrañas.

La cosa con esta obra es que, además de que es para adultos, tiene el humor de situación que la desgracia ajena provoca. Los espectadores gozaron con el infortunio del gandaya que, primero, debe aceptar que hay una mujer muerta entre sus manos y que, de pronto, su dealer toque la puerta para que le pague un dinero que le debe. El saxofonista suda, literalmente, la gota gorda, mientras el visitante ignora que debajo de una pesada lona hay un cuerpo, porque lo único que le interesa son los billetes. Pero más adelante, cuando por fin le pide ayuda para resolver su situación en nombre de los buenos partidos de futbol que han tenido en ratos libres, la sangre fría del recién llegado le muestra un poco de luz y luego se la oscurece un poco al proponerle que de todas maneras haga con la chica lo que tenía planeado desde un principio.

A la muerta la inspeccionan como si fuera muñeca, se quitan la ropa junto a ella y los diálogos masculinos, bastante creíbles, se concentran sólo en cómo sacarle provecho al asunto. La dinámica entre los dos actores funciona bien por ese contraste entre la intensidad del bravucón músico y la tranquilidad de un proveedor de estupefacientes.

Cuando los aplausos celebraron la obra, el elenco y un muy emocionado Marco Pérez agradecieron la presencia del público que conoció por primera vez un proyecto que tardó tres años en materializarse. Todos fueron invitados a la fiesta de estreno, así que las risas se extendieron hacia más adentro de la noche.

¿Cómo se resuelve el embrollo? Tendrá que verla alguno de estos viernes de abril y mayo, para descubrir qué se necesita para cambiar a un egoísta.

Puedes seguir cualquier respuesta con RSS 2.0   

Búsqueda de las siguientes palabras

Más opciones

Lo mas

  1. Ya se encuentra todo listo para la Vigésima edición de La Gran Noche del Chef...

Cartones

Chuchos y Michos
Monicomics
Pupa y Lavinia
Restaurante Macoatl