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OCIO | La guía para vivir la ciudad
Rafael del Barco
Las tortillas, hechas a mano y servidas recién salidas del comal, la magnífica selección de la carta, los soberbios especiales de temporada, la sazón exacta, el servicio cortés y diligente y unos precios asequibles, hacen de La China Poblana (avenida Juárez 887, por Camarena. T/3825-6632), un restaurante de primera. Es tan buena la comida, que el lugar me parece un gran restaurante, aunque a otros les parezca una modesta fonda. Ya sea una cosa u otra, si es restaurante, lo reitero, es de primera; si es fonda, también la considero de primera.
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Creo advertir una tendencia en los restaurantes. Antes (pongamos arbitrariamente el 2001 como parteaguas) los comederos públicos elegantes y bien puestos, eran artículos de lujo y se edificaban en lugares favorecidos por gente del sector económico más alto. Ahora, las cosas parecen democratizarse un poco.
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Este restaurante italiano por el Olio, francés por el Bistro, me sorprendió con una pasta corta al pesto, pleno de albahaca fresca y aceite, en gran cantidad, como para que no nos confundiéramos y con unos cubos de papa. A esto le llaman Penne genoese al pesto. La preparación es clásica y es una de las cumbres culinarias de Génova, de donde salió Cristóbal Colón para España y el pesto para todo el mundo.
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El domingo pasado decidimos, Mercedes mi esposa y yo, unirnos en persona al jubileo por los, desde luego, primeros diez años del restaurante i latina, y para ello fuimos a comer con grande júbilo y apetito al comedero. Fuimos los primeros comensales en llegar al lugar. No observé nada fuera de lo normal cuando entramos. Todo estaba limpio y dispuesto. Eran unos cuantos minutos después de la una y media, hora habitual para comenzar las labores de la comida dominical.
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Conocí los tacos árabes en, lo digo muy presuntuosamente, París hace dos años; menos mal que hasta ahora fui a Arbany’s, porque así pude apreciar mejor lo que hacen en este restaurante de avenida México 2839, que espero goce del favor de los tapatíos, pues sus preparaciones son abundantes, limpias, de excelente sabor y pueden ser asequibles.
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Lo que se me vino a la cabeza al ver por vez primera este novísimo restaurante es ¡qué elegante! Lo segundo fue ¡qué sencillo! Lo tercero fue ¡qué bien se está aquí! Conforme pasó el tiempo agregué  otro adjetivo: delicioso, que para mí es lo realmente importante en un restaurante, pero no dejé de fijarme en el entorno que me agradaba cada vez más.
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En esta taquería, como en muchas de la ciudad, les está faltando una buena tortilla; aquí, en Los Alteños (avenida Terranova 727 esquina con Jesús García, Providencia) se cuenta con un gustoso relleno y una salsa agradable, con poco chile según yo; en términos beisbolísticos batean .666, lo que no está mal, pero en términos “taquísticos” el resultado es pobre, pues de acuerdo a mi entender, la tortilla es la que hace al taco, no al revés.
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Volví al restaurante Los Arcos de Lázaro Cárdenas y San Ignacio y, naturalmente, lo encontré cambiado, pues pasaron diez años para que volviera, pero la calidad y cantidad de los alimentos sigue igual, así como los precios que siguen asequibles y se antojan hasta baratos cuando se les compara con los de otros restaurantes similares.
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En algunas charlas sobre cocina y restaurantes, aunque no lo crean dos de mis obsesiones, he caído en la cuenta de varias cosas. Una de ellas es que la gente va a un determinado restaurante, primero porque cree que le va a gustar lo que allí preparan y, segundo, porque se va pasar un rato en un lugar agradable, cómodo, fresco.
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Uno creería que yendo por el rumbo de Plaza Andares, con locales que parecen bien acondicionados y estacionamientos cubiertos, está uno entrando al Primer Mundo, pero esto no es cierto, y no es cierto porque me pasé un par de horas sentado cómodamente, en un ambiente fresco y limpio, oscuro si se compara con el luminoso exterior que dibujaba nítidamente la gasolinera a medias, lo mismo que varios edificios y el ruidoso e incesante ir y venir de camiones, excavadoras, revolvedoras y diligentes albañiles y obreros que, supongo algún día desaparecerán.

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