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Mientras saboreaba estas cervezas no pude evitar recordar los buenos momentos vividos en tierras asiáticas, esa excepcional mezcla de espiritualidad y bullicio que uno encuentra en las calles, y el siempre agradable momento de apagar la sed en las fechas donde el calor cae con aplomo y el monzón aún está lejano.
La segunda parte de la noche correspondió a las cervezas un poco más corpulentas. La San Miguel Premium trajo consigo claras muestras de la malta usada como materia prima, con las reminiscencias de miel, resultado de la caramelización del grano. En la mesa un cebiche de camarón y abulón, sazonado con chiles tai; que resultó un poco incendiario y nos obligó a apagar el fuego con grandes tragos, mientras me limpiaba el sudor de la frente y alguna otra secreción que resultó de la enchilada, recordé lo bueno que resulta una cerveza para estos casos.
El turno para la Red Horse, que es la cerveza filipina más alcohólica, con sus 6.8 grados y sus respetables 500 ml, siempre es una opción para ponerse a tono y en contraparte la Negra es la cerveza que usa maltas más tostadas, generando gustos a caramelo con un toque ligero de café, pero sin abandonar la ligereza. Para acompañarlas una rara delicia, que en Zacatecas llaman papitas de la tierra, realmente miniaturas silvestres que en estas temporadas son recolectadas para deleite de unos pocos, guisadas una parte con un suave adobo y otra con un bien balanceado chimichurri, resultaron especiales para acompañar unos camarones cucaracha; su suave dulzor y la consistencia firme interactuaron de maravilla con las cervezas.
Mando un fuerte abrazo a mi carnal David y sé que pronto nos veremos por aquellas tierras.





