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OCIO | La guía para vivir la ciudad
Champions, derbys. Epílogo
 

1. Hace poco escribí sobre la inminencia, de cómo el futbol, a veces, no es más que eso. Inminencia pura, y nada más. No por ello, claro, deja de ser potencialmente hermoso, disfrutable. No somos, hay que decirlo, los aficionados al futbol, los más pacientes, los que mejor habitamos esa inminencia, incómoda muchas veces, pero que forja a los mejores. Hace tiempo escuché a un amante del toreo que idolatraba a Manolo Martínez, matador de arte sublime pero, decían, temperamental, y por ello de repente bastante tacaño para ofrendarlo. Decía, el fan, que era capaz de seguirlo toda una temporada y que bastaba un pase, ya no digamos una faena, solamente un pase con la plasticidad y elegancia de los que distinguían de vez en vez a Martínez, para sentirse sobradamente recompensado. Llevamos tres clásicos del póquer abrumador. Tuvieron que pasar casi tres cuartas partes de esa serie excluyente como lo que más, para que surgiera, diáfano, portentoso, el pase de Manolo Martínez. Lo ejecutó el que cada vez dudamos menos que terminará siendo encumbrado como el mejor futbolista de todos los tiempos. El fagocitador de récords, el mago, el monstruo. Messi cogió un balón, sembró a toda la defensa madrileña y lo acarició con su pierna inhábil. Éste rebasó al gigantesco Casillas y entró lento, pausado, al arco descubierto. Antes de festejar o lamentar, quiero pensar que todos los que atestiguábamos, in situ o a la distancia por televisión, nos sumimos unos instantes en el estupor que nos invade ante la divinidad. Se había hecho la belleza.

2. No hay mejor reflejo de la pobreza con la que enfrentó el Madrid los primeros tres encuentros de esta serie contra el Barça, que el hecho de que se ha mencionado, en no pocas tribunas, que su mejor jugador en los dos primeros partidos había sido Pepe, central habilitado como medio de contención. Ya lo escribimos. El portugués goza de condiciones físicas inmejorables, pero es una bomba de tiempo permanente. Pierde los bártulos con una facilidad insultante. Se hace expulsar en todos los partidos que juega, vea la roja o no. Cometió, no es novedad, una entrada criminal y dejó a su equipo con diez. Mourinho lo colocó en una posición que lo tornó vital, mientras que en la banca tenía formados a Benzema, Adebayor, Higuaín y Kakà, entre otros. Si, como en la final de copa, hubiera logrado envolver al Barcelona en ese pulso de extrema tensión para ganarles no habría nada que reclamarle a José. No fue así. El Barcelona jugó como el Barcelona, Messi puso en juego toda la magia de la que dispone. Mientras, Mourinho desperdició en la banca mucha de la que tenía a la mano. Dejó que se pudriera ahí, miserablemente. Fue, huelga decirlo, una majadería. El Madrid jugó con todo el miedo del mundo. El Barça jugó. Así, sencillo. El resultado no podía ser otro: 0-2 que casi puede leerse como cosa juzgada. En el aire, la sensación de que se hizo justicia. De que ganaron los buenos. De que la eficiencia del método se impuso a la eficiencia por la eficiencia. De que ganó, eso siempre será de celebrarse, el futbol.

3. Guardiola, antes del encuentro, un día antes, explotó. No pudo más. Permanentemente agredido, él y su equipo, toda la temporada por Mourinho, decidió subirse al ring dialéctico en el que suele hacer esgrima el portugués. También ahí lo puso en su lugar. Los encabezados consignaron la palabra altisonante ("el puto amo de las conferencias de prensa", le llamó), pero lo realmente importante, con lo que le plantó cara fue al recordarle de dónde viene. Es cierto y se nos olvida. José, no es exagerado decirlo, comenzó a hacerse entrenador en el tiempo que trabajó para el Barcelona, como traductor primero, y como auxiliar después. Guardiola invocó esos años, cuatro, en los que coincidieron en esa escuela, que ya hemos dicho, sirve para el futbol y sirve para la vida. Harto de la abyección en el discurso de Mou, Pep le recordó de dónde viene, para restregarle, puntualmente, la incapacidad para recordar las lecciones aprendidas y, más grave, más triste, la desmemoria, ese islote desde el que suelen disparar los malagradecidos.

4. Después de un fin de semana en el que las noticias fueron la beatificación del encubridor y solapador de Marcial Maciel, una sosa boda real que hipnotizó a la tercera parte de la población mundial y el final de una cacería que se alargó casi un decenio (no deja de ser triste ver a un pueblo como el estadounidense festinando fanáticamente un asesinato. Alguien recordó las palabras de Martin Luther King: el ojo por ojo puede dejarnos ciegos). Se llegó el día 18. El 3 de mayo, en el que se jugó el cuarto de cuatro derbys españoles que hicieron contener la respiración a todos los que amamos esto de patear balones. El epílogo no fue sorpresivo. Ganó el Barcelona tras 180 minutos y estará en Wembley buscando su cuarta Champions League. Fue, hay que decirlo, el más digno de los encuentros. Ayudó que no estuvieron en pantalla los dos elementos que más ensuciaron estos enfrentamientos. Jose Mourinho fuera y Pepe dentro de la cancha. El Madrid jugó con menos miedo, le hizo honor a su deslumbrante historia y procuró jugarle de tú a tú a su odiado, pero hoy, queda claro, muy superior rival. No perdieron gracias a su heroico capitán, Casillas, el portero campeón del mundo. El marcador de este juego (1-1) y, de hecho, los resultados de la serie (dos empates y un triunfo para cada lado), sugieren paridad. El Barcelona es un gran equipo formado en casa en torno a una filosofía que dignifica y engrandece la práctica del deporte que nos enamora. El Real Madrid es una institución no menos grande, pero que ha extraviado de un tiempo a estas fechas la personalidad. Es un equipo en construcción, armado a base de golpes de chequera, que hipotecó buena parte de su identidad buscando superar al Barça. No lo logró. Y, hay que decirlo, para quienes por encima de la preferencia por una de las dos camisetas, lo que nos interesa es el futbol mismo, no deja de ser una buena noticia. Ganó el mejor, ganó el que sabe de dónde viene y, por supuesto, no sólo sabe a dónde va, sino que también sabe a ciencia cierta cómo quiere llegar. A Wembley llega Guardiola, que traicionó su manera respetuosa de conducirse un rato solamente, durante una conferencia de prensa. No estará Mourinho, el adicto al éxito que termina más solo que nunca, derrotado y cuestionado incluso por su jugador estrella, quien marca a la institución para la que juega el camino a seguir con las honestísimas tres palabras que pronunció cuando le preguntaron, tras el primer juego, qué pensaba de cómo jugó su equipo esa tarde: no me gusta. A nadie, Cristiano. Hay equipos que pueden aspirar a la eficiencia en detrimento de la belleza. El Madrid no debería ser de esos. Alguien debe de recordárselo al paranoico dictador portugués.

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