columnas

OCIO | La guía para vivir la ciudad
Código del impreso: 71303
Los violentos
 

1. Javier Sicilia, un poeta, transido de dolor por la pérdida violenta, absurda, inexplicable de un hijo, convoca a marchar. Lo acompañan miles de mexicanos, hartos, cansados de sentir miedo. No para pedir por la paz, quimera inalcanzable para el México que habitamos hoy día, sino para exigir renuncias. A muchos. A todos, quizá. El gobierno encabezado por Felipe Calderón optó, en algún momento, por responder con más violencia a la barbarie de los cárteles del narco. Corto de miras, don Felipe no visualizó lo que se venía. Las instituciones son el último bastión que nos separa del todos contra todos. Cuando la violencia se institucionaliza no hay resguardo. 40 mil muertos después nadie duda del fracaso de esa estrategia, del fracaso cabal de un régimen entrampado por sus métodos, corrompido hasta la médula, concentrado sólo en producir y contar cadáveres. Obcecado y obtuso, el presidente y todos lo que gobiernan con él (es un decir) presumen de eficiencia funeraria, consumidos por el caos de una violencia sin límites, sin razón, sin final a la vista.

2. Osama bin Laden inauguró, marcó indeleblemente el nuevo siglo. La imagen de los atentados contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001 instauró el horror, sembraron el miedo. Diez años después, seguía vivo y libre, una afrenta permanente y dolorosa para el gigante. Hasta hace unos días, que fue cazado por un comando enviado por el gobierno estadounidense. Nunca fue opción detenerlo vivo para enjuiciarlo. La intención era ejecutarlo. Así lo hicieron. Desarmado, con un tiro a la cabeza frente a su hija de doce años. Lo terrorífico del cuadro queda retratado en esa postal insuperable del rostro de Hillary Clinton mientras atestiguaba la ejecución, en la foto que exhibieron del gabinete de seguridad en el cuarto de guerra. En los días posteriores, el júbilo por la venganza. No deja de ser triste ver a un pueblo como el estadounidense festejando fanáticamente un asesinato a mansalva. Menos cegados por el rencor habrían exigido un juicio. No era opción. Bin Laden, alguna vez, fue socio, cómplice. Sabía demasiado. Había que silenciarlo. Osama nunca dejó de derrotar al gobierno estadounidense, aun después de muerto. Propuso el horror, la barbarie, la ilegalidad. Así, con todo ello, fue eliminado. Obama, pragmático, enfilado a la reelección gracias a un crimen, debería volver a leer a Martin Luther King, quien, usualmente sabio, proclamó: El ojo por ojo puede dejarnos ciegos. Pues sí.

3. Una imagen me asaltó de repente en estos días furiosos. La del Joker de Heath Ledger, rabiosa, incontestablemente perturbador. Mi hermana Ana, cuando se estrenó la película en que salió, me dijo que nunca había sentido tanto miedo frente a un personaje cinematográfico. Le pregunté la razón. Me respondió: "Es la maldad por la maldad". En efecto, eso proyecta ese rostro incapacitado para la sonrisa, diseñado para el odio. En la imagen narcos, policías, militares, políticos corruptos, Calderón, Obama, los Navy Seals, los talibanes, violentos variopintos, ilegales o institucionales, parecen desfilar, maquillados accidentadamente, con el rojo torcido dibujándoles la mueca que no será sonrisa, frente a los millones que asistimos con pasmo y horror a sus andanzas, mientras nos preguntan cínicos, impunes, contenidamente iracundos: ¿por qué tan serios?. Así.

 

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