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Entre las muchas cosas que había leído sobre El árbol de la vida, el más reciente filme de Terrence Malick, hubo una que me llamó la atención de manera particular. Bajándose del carro completo en el que muchos se apiñaban ponderándola como un bello clásico instantáneo, Jordi Soler sentencia “digan lo que digan los críticos, El árbol de la vida es pretenciosa y ridícula”. Pareciera que más que la película, lo que le molesta es la opinión de los críticos, o los críticos mismos. No le gusta que a muchos nos guste. Ojalá le dé otra oportunidad y alcance a ver todo lo que otros sí pudimos. No le veo francamente lo ridícula, aunque para ser sinceros, es difícil rebatir el juicio de pretenciosa, aunque en este caso no alcance a ser defecto. Lo que pretende, en efecto, analizar, exponer, desmenuzar Malick, es mucho. Imposible por supuesto de condensar en 140 minutos. Intenta, en una película, responder aquellas preguntas que todos los seres humanos medianamente curiosos y sensibles nos hemos planteado, ¿de dónde venimos? (nacer), ¿a dónde vamos? (morir), ¿para qué estamos aquí? (vivir). Nada más. Se vale de recursos constantes en sus anteriores trabajos. Diálogos escasos y mucha música, ambas cosas al servicio de vibrantes imágenes que no dejan de sucederse ágilmente durante todo el filme, plenas de poesía. Y de belleza, a veces dolorosa, a veces de la otra. El cine es, por sobre todas las cosas, al fin y al cabo, imágenes. No hay un solo fotograma en El árbol de la vida que no rezume poderío, sensibilidad. El universo y la vida se originaron para que el mundo fuera la escenografía en la que nuestro padre nos corrige enfrentándonos para que acabemos odiándolo y deseando matarlo. Eso y muchas cosas cotidianas, hermosas unas, terroríficas otras, nos va dando forma. Nos torna en personas, capaces a la vez, de los actos más elevados, así como de los más vergonzantes. De traicionar y de ser solidarios. De herir y de curar. De maravillarnos con la imagen del pie de nuestro bebé recién nacido, como de llorar avergonzado al recordar cómo avergonzamos al hijo recién muerto. De conmovernos y de enfurecernos. Pero no está contado, todo ello, de manera lineal, sencilla. Requiere cierto esfuerzo cogerle el ritmo, el tono. Es un filme denso, complejo. No es fácil de ver. Pero si uno logra entender el discurso y la manera de plantearlo de don Terrence, gratifica como pocos. No pretendió filmar una película, sino La Película. El árbol de la vida es sentencia y herencia de un creador único, esquivo, neurótico. Un largo y poderoso videoclip con miras tan altas que, aún fracasando en ese desmesurado empeño de explicarlo todo, si es que alguien juzga que así fue, estremece, trastoca, conmueve hasta lo más profundo. Sí, ya un rotundo clásico.





