columnas

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De Revistas mexicanas de rock
 

La revista Marvin me solicitó un texto para un número dedicado a la nostalgia. La propuesta es que fuese un reportaje que hiciera un recuento de las revistas de rock en México.

Acto seguido, estoy enlistando las muchas publicaciones que recuerdo y buscando a algunos de los periodistas musicales de prestigio en el país para consultarlos acerca de si creen que exista o no una tradición en dicho rubro. Los nombres vienen a mi memoria: México Canta, La Piedra Rodante, Pop, Sonido, Conecte, La Banda Rockera, La Pus Moderna —que no era propiamente de rock pero que daba lugar a éste—, La Mosca en la Pared, La Onda, La Lengua, Zónika, las ya extintas. Y Marvin, Indie Rocks, R&R, Warp, la malograda versión de Rolling Stone, las vigentes. Pienso entonces en sus colaboradores, en los muchos escritores que dieron su testimonio a través de sus páginas, y es así como desemboco en Federico Arana, el músico y escritor que publicó “Guaraches de ante azul”, esa larga crónica sobre el rock mexicano que abarca de fines de los cincuenta hasta el principio de los ochenta, y que es un texto medular para el periodismo musical mexicano.

A la par de reconocer que a lo largo de los años seguí el trabajo de algunas plumas nacionales, especialmente aquellas que iban del periodismo musical a la literatura, como José Agustín y Juan Villoro, también llegué a la conclusión que no fui para nada un coleccionista de revistas musicales nacionales, sino que, por el contrario, por lo general preferí las anglosajonas, y me alimenté sobre todo de su tradición periodística, de las reflexiones de profesionales como David Fricke, Jann S. Wenner, Rob Tannenbaum, Kurt Loder, Lester Bangs, Bill Flanagan —cuyos artículos en la revista Musician me ilustraron como pocos—, Robert Hilburn —con quien de hecho trabajé en la redacción de Los Angeles Times—, Steve Hochman y tantos otros que escribieron en publicaciones como Rolling Stone, la original, la yanqui, que brilló durante otros años y que coleccioné con ahínco; Spin, BAM, Pulse!, Option, CMJ, Creem, las de antaño, y Mojo, Q, Uncut, Filter, Paste, NME, XLR8R, entre las más actuales.

Estoy seguro haber adquirido algún ejemplar de Pop en su momento. Desde luego que me sedujo alguna portada de Sonido. Pero estar al acecho de la llegada de la nueva Rolling Stone, cuando ésta se importaba al país, era uno de mis hábitos más arraigados. Más tarde, conocí Rock De Lux y alguna que otra española, revistas que por lo general tenían un gran nivel en sus colaboradores, cosa que no se veía tan a menudo en las nacionales, con sus valiosas excepciones desde luego.

Fue entonces que recordé particularmente dos publicaciones que poco se citan y que me parece que son de lo mejor que se ha hecho en el país. Ambas sin mucho presupuesto, pero con una visión muy singular y gran calidad literaria. Y concluí que en algún lugar del baúl de madera donde archivo muchas de las páginas en las que se han impreso textos de mi autoría, debía tener algunas copias de éstas. Luego de sumergirme en un mar de papel, finalmente, junto a la colección de ejemplares de La Pus Moderna que también conservo con celo, di con los números ajados de ambos proyectos editoriales y encontrarlos conllevó sentirme abrigado por una fuerte emoción, como si de verdad se tratara del hallazgo de un tesoro.

Rock Mi, de la que guardo su número 1 y de la que jamás supe cuántos más se publicaron, es la revista que en 1979 encabezaron editorialmente José Agustín, Parménides García Saldaña y un menos conocido Víctor M. Juárez. En éste, una foto de Mick Jagger ilustra la portada, a propósito del profuso texto que Agustín escribió sobre Some girls, el disco de los Rolling Stones que ha vuelto a ponerse de moda, ¡32 años después!, tras su reciente reedición. También hay un artículo de Parménides sobre Bob Dylan, “¿Aún en el camino?”. Vaya ironía la de caer en cuenta que, mientras el autor de El rey criollo —seminal libro de relatos de actitud rockera— ya no está entre nosotros, Dylan sigue imparable realizando conciertos y, precisamente, anunciando una nueva visita a México. Una frágil revista de apenas doce páginas, con un póster en las centrales, que entonces costaba 20 pesos. Y que, para no romper esquemas, también incluía una sección de reseñas.

Las Horas Extras es el tabloide de papel revolución que en los ochenta lanzaron el periodista Víctor Roura y el diseñador e ilustrador Víctor del Real, y que yo levantaba en Rockotitlán cada que iba al DF a los conciertos de Jaime López o Cecilia Toussaint. De ésta sólo tengo tres amarillentos ejemplares, los números 11, 12 y 13, marzo, abril y mayo de 1987, respectivamente. En todas, la portada está ilustrada por el monero Luis Fernando. Su diseño no es gran cosa, pero sus colaboradores, Federico Arana, Ricardo Yáñez, José Joaquín Blanco, Rodrigo Fariás Bárcenas, Fabrizio León, entre otros, así como las traducciones que se hacen de periodistas estadounidenses, como David Fricke, le dan brillo a su contenido. Una publicación que no se ceñía sólo a lo musical, pero que tenía en ello mucho de su razón de existir. Llevaba la leyenda de “Nuevo periodismo” como queriendo encontrar una definición. Y costaba 500 pesos.

El artículo de la revista Marvin saldrá en el ejemplar de junio, y en éste distintos protagonistas del periodismo musical vierten sus opiniones sobre su tradición en el país. Entretanto, vuelvo a doblar mis ejemplares de Rock Mi y Las Horas Extras, y los guardo en el baúl de madera, a la espera de otro ciclo en el que sé que algo me conducirá de nuevo hasta ellos.

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