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Hace unos cuantos días entrevisté a una autoridad tapatía de la cultura, y entre mi nerviosismo, sus respuestas atinadas y rápidas, mis miradas prudentes a mi grabadora (por aquello de que a veces puede fallar), o la lista de preguntas que uno lleva enlistadas y las que se suman durante la conversación, surgió un tema que me acompaña desde pequeño, el coleccionismo. Para no alargarme demasiado ante usted, en pocas palabras el entrevistado me aseguró que se trata de algo que uno lleva en la sangre desde hace mucho, pues en la antigüedad la recolección de piedras preciosas fue parte del interés humano. Aquello se clavó en mi cabeza y no tardó en despertarme una sonrisa pues, desde que tengo uso de razón, creo que siempre he sido un coleccionista. Aunque en palabras acusadoras de mi madre, el término podría cambiar a “tilichento”. Eso sí, ella también comparte algo de culpa, pues recuerdo su complicidad para llenar el álbum de cartitas y completar el número de juguetes sorpresa dentro de las cajitas de dulces, entre otras cosas de niñez. Como sea, luego del trabajo llegué a mi cuarto y observé con detenimiento; así, descubrí que en la parte alta de mi librero se encuentra una serie de cómics que me acompañan desde 1999, tiempo en el que cada mes corrí al puesto de revistas para dejarme sorprender con su portada, perderme en la historia, y tratar de imitar el trazo de la mangaka que les dio vida. Bajando un poco la mirada, no tardé en ver un empolvado Darth Vader (creo que ya le hablé de él algunos meses atrás), y de inmediato recordé que en una caja escondida se encuentran decenas de figuras de acción, provenientes de convenciones, regalos, berrinches y los deseos más sinceros del niño que fui. La risa interminable no tardó en llegar. Ahí, entre libros ya leídos pero muy guardados, encontré una pequeña caja de Keroppi (personaje que me derritió por años), llena de pines que se volvieron mi delirio durante la primaria. Y para brindarle un ejemplo actual de un trauma más, le confieso que ahí, en el centro de mi cuarto, está mi colección de discos, sencillos, promocionales, rarezas y demás de mi grupo favorito que, por desgracia para mi bolsillo, nunca perdió interés. Quizá sólo soy un fanático más y el coleccionismo trate de algo más serio, lo cierto es que esos gastos incomprensibles para muchos, a mí me alegran el corazón de vez en cuando.





