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Hay diferencias notables entre las evoluciones y las revoluciones; las primeras se distinguen por la búsqueda de nuevas ideas para mudar de una conducta a otra, y esto se realiza con gradualidad en aras de desarrollos que terminen por modificar los propósitos y actitudes. Por su lado las revoluciones son intempestivas y traen consigo cambios rápidos y profundos, demoliendo de un golpe fortalezas que parecían inexpugnables aunque esto generalmente viene acompañado de mucho alboroto y desorden.
Es claro que en lo que a la cerveza respecta, los cambios no tienen mucho de evolutivos y la revolución hace rato que explotó; trayendo consigo las tolvaneras que se levantan en los muchos frentes de lucha que actualmente podemos apreciar. Así, hoy encontramos oferta de cerveza en lugares donde antes era impensable, podemos beber experimentos que mimetizan cervezas comerciales con estilos de especialidad, incluso asistimos a bares donde el calidoscopio de etiquetas nos llena de indecisión al momento de elegir. Pero lo que es un hecho es que la cerveza cada día permea más en nuestro entorno.
Hace unas semanas se quejaba conmigo uno grupo de amigos, de esos que se han enrolado en la cruzada para enaltecer el elíxir lupulado, y tienen voluntad de probar siempre cosas nuevas para acrecentar su arraigada cultura cervecera y fomentar que más gente beba mejor. La queja vino después de que en una tertulia unas noches antes, estos amigos le habían dado la oportunidad a unas cervezas de escena artesanal y la experiencia no resultó satisfactoria, más específicamente el descontento venía por la insistencia que hay hoy en día por parte de algunos los nuevos fabricantes por ofrecer cervezas que de tan “creativas” se vuelven poco comprendidas, por no decir difíciles de beber.
Mientras conversábamos se me ocurrió acuñar un término que para mí describe lo que está pasando en un segmento del mercado de consumidores, La Halterofilia Cervecera. Los involucrados de este fenómeno suelen jugar competencias de ver quién “aguanta” la cerveza más amarga, quién se “chupa” la que tiene mayor grado alcohólico, cuál es el ”campeón” que gasta más dinero en “pistear” rarezas, ya sea comerciales o de artesano. Otra faceta se presenta cuando los “halterófilos”, beben cualquier cosa que llene un vaso y que lleve el nombre de un estilo que esté de moda, nadie le puede decir que no una stout, una IPA o una porter, y cuando se les cuestiona sobre la calidad en el balance de los aromas y los sabores o bien sobre la ausencia de señales de que alguna vez hubo malta, lúpulo y en su lugar hay sabores y olores que más bien recuerdan defectos, la respuesta se reduce a decir: “Es que estas cervezas así son de fuertes”.
No sé si este fenómeno es una más de las expresiones hipster de nuestros tiempos, o se trata de esnobismo reencarnado, lo que sí sé, es que esta revolución aún dista mucho de estar terminada y todavía nos faltan muchas bajas en las filas de combate, estoy seguro que en el camino se quedarán los bebedores por moda, los fabricantes espontáneos e improvisados y los bares pseudocerveceros con precios elevados. Al final del tiempo la cultura habrá evolucionado.






