columnas
Desde 2007, por cuestiones de trabajo, escuela, y gusto, he vivido en lugares diferentes y casi con todo tipo de gente. Me asenté, por ejemplo, en Ciudad Guzmán, un bello municipio del Sur del estado donde hice grandes amigos (aunque también enemigos, para qué le miento), que me llevaron a conocer hermosos paisajes, tanto de la pequeña urbe como del resto de la región; Tamazula, San Gabriel, Zapotiltic, Gómez Farías y Sayula, son algunos de los tantos que figuran en la lista. En otra ocasión, tuve la oportunidad de residir en Tepatitlán de Morelos, en Los Altos, pueblito del que me enamoré porque tiene todo: tanto postales campiranas como industriales, bellas mujeres y hombres guapos, el tradicional pozolillo o un platillo chino, es más, hasta el clima “se porta bien”.
Tapalpa es otro de mis grandes tesoros, un poblado lleno de magia donde los bosques pintados de encino y roble son como el guiño coqueto de ese gran ojo. Ahí está guardada mi infancia y adolescencia, en sus calles empedradas, su gente hospitalaria, su gastronomía —ese borrego al pastor aún me conquista como la primera vez que lo probé, y creo fue en el vientre de mi madre—, sus festejos, sus fachadas, su rompope, su ponche de granada… Y no puedo dejar atrás la primorosa Guadalajara, el lugar que me vio nacer, partir y retornar (cuatro veces) con la misma “cara de siempre”. Por eso, de esta Perla Tapatía tengo mucho qué decir, entre tanto, que ha sido la mejor de mis maestras si hablamos en términos culturales, y francamente no tengo motivos para quejarme.
Pero hay un lugar que nunca voy a olvidar y ese es mi cálido Ocotlán. En este “ranchito” —como le digo de cariño, no por ofender— estuve cuatro años nada más, ahí conocí las guasanas, la verdura cocida como botana callejera, las salchichas adobadas, los “dorilocos” (que preparan con cacahuates, cueritos, pepino, jícama y hasta mango si se descuida), los tacos con salsa caliente, los huaraches, los mosquitos enfadosos, la libertad, la independencia y… un gran amor, que a la fecha me pesa en lo más profundo, porque adivine, allá se quedó (bueno, unos cuantos kilómetros más al Norte). En fin, para mí la aventura sigue en pie y espero algún día terminar de conocer este precioso estado, aunque ello implique enfermarme del estómago, del corazón y ¡de mi bolsillo! Ja, no es cierto.






