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OCIO | La guía para vivir la ciudad
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Fue eléctrico, de La Habitación Roja
 

Sucedió durante ese año en el que se cambiaba de siglo. Un buen amigo español, valenciano para ser más preciso, me dijo que iba de manager de un grupo de reciente formación y que les había pedido que me hicieran un lugar en la furgoneta en que viajarían a Oviedo, en Asturias, para participar en el entonces afamado Doctor Music Festival, que tendría entre sus atracciones principales a Beck, Tindersticks, Ani DiFranco, Pet Shop Boys, Rollins Band, Zebda, y los mexicanos Molotov y Titán, entre muchos otros. Y así fue, me monté de gira con La Habitación Roja (LHR), que para entonces era un grupo joven, con apenas dos discos en su cosecha. Obviamente que, agradeciendo la invitación, me situé frente a ellos al momento de su actuación y pude ver el interesante trabajo que hacía en las guitarras Jorge Martí, su cantante, junto con Pau Roca, un exquisito instrumentista. De vuelta en Valencia, no sólo regresé con una intensa experiencia sobre mis hombros, sino a su vez con una profunda amistad que se ha mantenido a través del tiempo.

No recuerdo el año exacto, habrá sido 2002 o 2003, cuando LHR vino a México. Se presentaron en varias ciudades, entre ellas Guadalajara, donde dieron un concierto para un público escaso pero conocedor en el hoy extinto foro Puerta 22. Para entonces, el cuarteto había cambiado de bajista y ya era una banda de culto para distintos sectores jóvenes en España, entre otros, para los críticos y lectores de revistas como Mondo Sonoro y Rock De Lux.

En algún momento volvimos a encontrarnos en Valencia. Aquella tarde, Martí me reveló que finalmente dejaría la clínica en la que trabajaba semana inglesa con la idea de dedicarse a la música, una sabia aunque complicada decisión que lo ha llevado a poder vivir de ello. Hace unos días, me hizo llegar vía la web su álbum más reciente, Fue eléctrico, disco que viene a ser el octavo de la fructífera carrera que los ha llevado a convertirse en una de las bandas de rock más sólidas de España. Y me he encontrado con un álbum de lo más logrado, que sin duda corona la sucesión de los estupendos discos que han ido grabando de entonces a la fecha. Del aclamado Radio (2001) al intenso 4 (2003), uno de mis favoritos, sin dejar de lado Nuevos tiempos (2005), Cuando ya no quede nada (2007) y el también fantástico Universal (2010), plagado de canciones que me acompañan aún solidarias como “Febrero”, “Muertos vivientes” y “La noche se vuelve a encender”,

En Fue eléctrico, me parece, LHR ha conseguido uno de sus momentos más inspirados. Lo interesante de ello es que es un disco hecho en casa, en Gerona, a diferencia de aquellos que hicieron junto al afamado productor Steve Albini en Chicago, experiencia que redituó de forma importante en su acercamiento al estudio de grabación.

El disco

Uno de los aciertos de las canciones de LHR es el de comunicar ideas cerradas a través de sus letras, reflexiones en su mayoría sobre aquello que se cruza en su camino, ligadas sobre todo a los avatares que conllevan las siempre insondables relaciones de pareja. “El resplandor”, el primero de sus once tracks, exhibe de arranque la forma en que a Martí le gusta llevarnos por su narrativa. Se trata de una canción de resignación en la que se ha llegado a esa esquina en que a uno no le queda otra que dar la espalda al pasado, a la rutina, a la mediocridad, para buscar nuevos horizontes: “Salir de esta pesadilla que no quiere acabar”, canta él a mitad del tema, para comunicarnos la asfixia a la que ha llegado. Asfixia que, a medida que la canción avanza, va trocando en esperanza: “Salir de esta pesadilla y volver a empezar”.

“Ayer” sube su intensidad rítmica. En ella, Martí parece escribir una letra que inspira una estructura musical, misma que deriva en una melodía que va a favor de la potencia instrumental del grupo, es decir, ejercita de manera ejemplar el proceso por el que se crea una canción, al menos el que él ha creado intuitivamente para ello, en el que sus caprichos líricos repercuten en una genial sonoridad. “Ayer, pensé que no es posible/ hacerle esto a la única persona…/ la única persona que siempre, que siempre, que siempre…/ que siempre ha creído en mí/ tan adentro, me lleva tan adentro, como yo nunca pude/ lo siento, lo siento”.

De nueva cuenta, en “Indestructibles”, Martí utiliza la repetición de frases para dar profundidad a sus melodías y sacar a sus composiciones de las fórmulas convencionales, llevándolas hacia una musicalidad mucho más compleja. Otra canción de naufragio sentimental, de fracaso conyugal en la que el estribillo va de la siguiente manera: “Y es que a pesar de todo aún no sé qué es lo que pasó/ Si tú y yo éramos tan felices, si tú y yo éramos tan felices/ Si tú y yo éramos indestructibles, éramos indestructibles, éramos indestructibles”. Repetición que acentúa el carácter dramático de la letra.

Pero no todo está marcado por la fatalidad en Fue eléctrico. “La segunda oportunidad”, otra de sus espléndidas canciones, marcada por momentos en que la percusión sirve de base y otros en los que las guitarras arman un potente contrapeso sonoro, es una reconciliación con uno mismo y con todas las decisiones, acertadas o no, que se han hecho a lo largo de la vida: “Todo lo haría otra vez para volverte a conocer”, escribe Martí en su última frase.

En general, Fue eléctrico acusa la cohesión instrumental que LHR ha conseguido en sociedad, ahora formada como quinteto con el fiel José Marco en batería, Marc Greenwood —el mismo de Maronda—, al bajo, y Jordi Sapena, en guitarra y teclados. Un disco, Fue eléctrico, hecho con oficio y artificio. Oficio, el que han conseguido en tantos años de furgoneta y carretera. Artificio, el que les permite su minuciosa observación de la vida, su refrescante idea sobre la canción y, desde luego, su punzante imaginación.

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