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OCIO | La guía para vivir la ciudad
Código del impreso: 77548a
Un ladrón es un ladrón
 

Si nos ponemos estrictos, lo peor de enamorarse, ya sea de una persona, del trabajo, de los hijos, de un hobby, es que se vuelca todo el tiempo y energía para complacer al objeto del deseo. Lo peor es que uno siente la obligación de mover la órbita de la existencia alrededor de él, sin que éste lo pida siquiera. Así que por ahí se van las horas de sueño, el dinero, el tiempo libre, la creatividad para hacer cartas de amor más largas, listas de canciones más crípticas, conseguir artículos del escritor idolatrado, boletos para el último concierto de la banda favorita. ¿Cuántas veces no se ha descubierto usted dejando de lado la almohada para vigilarle el sueño a un niño precioso que cuando cumpla quince años va a olvidar los sacrificios que hizo por él? No me malentienda, hay ladrones que se escabullen con el botín más delicado y los dejamos huir con una sonrisa en la boca, nos sentimos orgullosos de haberle dado un pedazo de nosotros que, ya sabrá el que se aleja hacia el horizonte, si lo atesora o no como uno hace con lo que a la vez le quitamos de los hombros. El problema es que luego hay una confusión entre lo que se tomó y lo que se dio. Para empezar, nadie le pide a nadie que le de nada. El error es entregar a manos llenas desde el primer día, porque todavía se cree que el amor lo merece todo: oportunidades (una tras otra, hasta que el gesto se vuelve absurdo y pierde todo su significado), justificaciones, silencios para no alterar la tranquilidad inamovible de sus necedades (hablo también de las notas musicales), llevar a todos lados sus historias para no olvidarlas, y otros ejemplos miles. A eso se suma lo que entonces sí nos exigen. Y luego está lo que se llevan aunque no queremos que lo arranquen de las manos, todo eso que le suplicamos que no convierta en propio porque no le pertenece y jamás le va a pertenecer: las anécdotas. Por eso la gente deberíamos callar antes de contarle nuestra vida al ladrón en turno, porque luego nos quedamos sin canciones, sin películas, sin libros, sin rincones secretos, sin noches de paz, sin sus 21 años y la imagen de un fantasma suyo que recorre un puente. Sin tatuajes. Y el criminal todavía tendrá el cinismo de negarle lo que se llevó porque, y jamás ha estado tan equivocado, ahora es suyo legítimamente. O al menos tan legítimo como cuando el usurpador de casa le grita a su víctima desde el balcón que, ya que le cambió las cerraduras, tiene derecho a conservarla. Ya no permitamos estos atracos, digámosle ladrón a quien ladrón merece y que se condene la desvalijada. Y sí, también hablo de las elecciones.

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